Wednesday, June 28, 2006

Epístola

¿Qué puedo contarte?, si la verdad es que no ha sucedido mucho (o quizás si, y yo no me he dado cuenta). Las horas, los días y las semanas transcurren con la misma lentitud de siempre, con paso cansino, haciendo que te fíes de ello, hasta que sorpresivamente te das cuenta que se han ido lejos y te queda en la boca el gustillo ese de no haberlo aprovechado.
La ciudad sigue tal cual. El ruido constante y esa leve vibración en todo que sólo percibes si te quedas muy quieto, y que da la sensación de que una gigantesca tortuga lleva a cuestas esta urbe. Muchas viejas casonas han caído (¿no nos pasará eso a todos?), para dar paso a nuevos edificios. Enormes estructuras metálicas vestidas de vidrio, que ni sus grandes alturas logrará evitar que cubra el polvillo gris que esta sobre todas las cosas por estos lados. Al menos ese polvo les quita un poco la frialdad que los envuelve y reflejan.
El que le sigue ganando la batalla a la modernidad es aquel viejo cine que está cerca de casa ¿lo recuerdas?. Sigue ahí sosteniéndose ante los pisotones de las grandes salas de pantallas gigantes y sonidos envolventes. Estoy convencido que es eso mismo lo que hace que la gente vaya a ver películas ahí. Es un sobreviviente al igual que todos nosotros; las cortinas ya están visiblemente ajadas las butacas rígidas con el tapiz descolorido y los pernos sueltos que chistan cada vez que unos e acomoda. Te cuento esto por que hace un par de días fui a ver un film Irakí. Como es habitual, había pocos espectadores, la mayoría parejas mayores. Me senté en una de las últimas filas y puse mi chaqueta al lado, fue un acto inconsciente, pero aún no sé si fue por reservarle el asiento a alguien que nunca llegará, o para evitar que alguien se sentase ahí, demasiado cerca de mi.
El invierno ha ido llegando a escondidas, se disfraza de días soleados sin lograr disimular el frío. Un frío seco e intenso que no logras aliviar con nada. Por más abrigo que procures el frío se siente en todas partes, en las manos, en la cara y sobre todo en el pecho, a veces, llegando al punto que duele al respirar. De la lluvia, ni hablar. Tan sólo una noche cayó lluvia acompañada de un fuerte viento que limpió todo, amaneciendo la día siguiente todo con un leve brillo de humedad que se desvaneció durante el día.
Sé que hace tiempo no te escribo, y no sé que me llevó a hacerlo precisamente hoy. A lo mejor fueron las viejas canciones italianas que han tocado constantemente en la radio, y que inexplicablemente, despiertan tu recuerdo en mi.
Ya me he extendido mucho y siento que no he dicho nada, pero sabrás comprenderme y leer entre líneas ¿te dije que te quiero mucho?, si es así, no importa. Tómalo como un recordatorio.
Contigo a través del océano que nos aparta,

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