Gótico
Los gemidos llegaron a través de las paredes y el cuarto comenzó a llenarse de calor; calor humano impregnado de sudor.
Los aromas de los cuerpos se contorcionaban frente a mi nariz dejando pequeños estigmas para no olvidarlos. ¡Cómo poder olvidarlos!, si fueron ellos los que despertaron la envidia y el deseo dentro de mi cuerpo marchito. Fue por ellos que me arrastré hasta la puerta y decidí mirar por la cerradura, pegué mi ojo a ese ínfimo agujero casi vaginal y observé sus rituales. Vi como ella, mujer bella y sumisa, era amarrada y sentí mi lengua humedecer mis labios. Vi su cuerpo desnudo ser penetrado una y otra vez y me quemé con el ardor de la pasión entre mis piernas; vi los látigos, vi el cuero negro sobre el piso, vi los juguetes de sus perversiones, y vi sus cópulas energéticas y joviales mientras yo anhelaba en mi soledad sólo un extracto de esa mujer que yacía muerta sobre el piso de la habitación contigua.

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